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Artículos y sus características

   Para la tarea de esta semana se nos pedía que leyésemos la entrada del e-libro de texto de la comunicación formal. De ella me ha parecido muy interesante el prefacio (que aparece en el final de la entrada anterior) en el que se explica por qué es necesaria la comunicación científica. Y es que es necesaria, ¡y mucho!, tanto a nivel filosófico como profesional. A nivel filosófico porque el descubrimiento que no se comparte es como si no se hubiera hecho, en lo que respecta al resto de la sociedad. A nivel profesional, porque si no publicas lo tienes crudo para poder seguir tu carrera investigadora manteniendo ciertos privilegios como comer todos los días.

   Me parece importante tener esto claro cuando estoy a punto de empezar mi aventura en el mundo de la investigación, ya que todo apunta a que voy a dedicar buena parte de mi tiempo a leer, y espero que también a escribir, “papers”. Así es como se conoce en el mundillo a los artículos científicos formales, que como también se explica en el e-libro, constituyen el principio y el final de la actividad investigadora. Siempre se empieza revisando el estado de la cuestión y se termina publicando tus aportaciones al conocimiento. Y siempre se hace de forma muy parecida, siguiendo una estructura más o menos predeterminada que se corresponde, y esto es lo que me ha llamado más la atención de las tres primeras entradas, con la de un “artículo primario”. Este artículo primario sigue el formato IMRAD (Introduction, Methods, Results and Discussion), una forma muy clara y lógica de presentar la información y además, el formato que exigen la gran mayoría de revistas científicas para poder publicar en ellas. Lo curioso es que hoy en día nos resulta difícil pensar en otra forma de plantear un artículo (al menos a mi me pasa y creo que no seré el único). Sin embargo, tal y como recoge Robert A. Day en "como escribir y publicar un artículo científico", esto no siempre ha sido así, sino que es el resultado de una evolución a lo largo de la historia más reciente en la que algunos científicos como Louis Pasteur han jugado un papel fundamental.

   Escribir un buen artículo siguiendo la citada estructura es solo la primera parte, después tienes que conseguir que sea publicado en una revista del más alto impacto posible. Para ello las editoriales y la comunidad científica han desarrollado un método de “validación” para determinar si un artículo es adecuado para la revista en la que se quiere publicar, atendiendo a su calidad y a su adecuación temática a la revista. Este sistema se conoce como “peer reviewing” o “revisión por pares”, llamado así porque son precisamente tus iguales, otros científicos, los que evalúan tu trabajo y no políticos, agencias o instituciones alejadas de la ciencia. La idea es sencilla, se supone que estás trabajando en la frontera del conocimiento y solo las personas que están trabajando en lo mismo o en temas parecidos pueden entender y valorar correctamente la calidad y el impacto de lo que estás presentando.

   Entrando un poco más en la mecánica del asunto el procedimiento es más o menos el siguiente: El artículo llega al editor/a de la revista quien hace una evaluación preliminar y decide si rechaza el artículo directamente o si pasa a la segunda fase. Esta segunda fase es propiamente el “peer reviewing” en el cual el artículo se envía a dos (o a veces más) científicos de tu misma área para que evalúen el trabajo. Estos pueden rechazarlo directamente, aceptarlo directamente o recomendar que se modifiquen ciertos aspectos del artículo. Esto último suele ser lo más habitual. El informe de evaluación de los pares se devuelve al editor, quien tiene la última palabra a la hora de decidir si se publica o no el artículo, aunque normalmente hace caso a las conclusiones de los revisores. En un caso típico en el que los dos árbitros coincidan en que el artículo requiere modificaciones, estas se harían llegar de nuevo a los autores quienes deberían modificar o al menos responder a las indicaciones de los revisores antes de volver a enviar el artículo al editor, quien de nuevo se lo devolvería a los revisores. Y así hasta que el artículo se acepte o se rechace definitivamente. Para que haya aceptación debe haber unanimidad entre los pares, sin embargo con que uno de ellos lo rechace es suficiente para que el artículo sea rechazado.

   Este sistema tiene un problema principal que es el conflicto de intereses, puesto que aunque tú normalmente no sabes quién te evalúa (a no ser que el revisor lo autorice) el revisor sí sabe en la mayoría de los casos a quien está evaluando. Y sobre todo en campos muy concretos en los que unos pocos pujan por estar a la cabeza de la carrera por un descubrimiento revolucionario, este sistema puede favorecer que los intereses personales prevalezcan por encima del interés común de ampliar el conocimiento. En definitiva, el sistema es imperfecto porque está sujeto a la condición humana, sin embargo muchos expertos coinciden que aún con todas sus imperfecciones es el mejor sistema que existe actualmente.

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